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jueves, 23 de febrero de 2012
Los funerales eran un terreno desconocido para Bernarda hasta aquella tarde de enero en que un auto atropelló al perro de su vecina. Todo el barrio se reunió en la plaza de la esquina para presenciar el entierro. Pasó noches enteras sin poder dormir, recordando el gran charco de sangre que rodeaba la cabeza de aquel pobre bicho que antes de morir sacudió repetidamente sus patas en señal de agonía. Terminó aquel cuadrúpedo sin pena ni gloria, bajo un poco de pasto, barro y ramas secas en la plaza de la esquina. Bernarda compró una correa para su perra. Yo no sé por qué la gente insiste en llamar plaza a un terreno que no tiene árboles ni sombras.
escribo, luego existo, luego soy
Unknown
martes, 8 de febrero de 2011
viejas noches blancas
temblaba de miedo cuando los tambores dejaron de sonar.
el silencio fue sepulcral.
un golpe, el desgarro, rápidamente la humedad en su cabeza se coló por la comisura de sus labios, y recorrió sus hombros hasta llegar a las manos.
la sangre de la gallina que habían decapitado cubría todo su cuerpo, el cuerpo estaba en sus pies y la cabeza, clavada por el pico en la suya.
pero a él le dolía el alma.
el alma no sangra. los hombres y las gallinas si.
escribo, luego existo, luego soy
Unknown
viernes, 7 de enero de 2011
El granero
La tía Crisolita se alejó de la casa. Se adentró en el campo apenas iluminado por una luna en cuarto creciente. Sin embargo avanzó sin tropezar, pues esas tierras la vieron nacer . El Entre Ríos de principios de siglo. De siglo XIX. La decadencia ocupaba cada centímetro de lo que quizás en algún momento fue un granero. Ahora a duras penas había paja sin ojos ajenos, mucha suciedad sin dueño, herramientas olvidadas y especialmente ratas en cantidad. En ese espacio se reproducían con placer y facilidad. De la misma forma entró la tía Crisolita al granero. En la soledad y el silencio del campo había aprendido a reconocer un leve cambio en el chillido de las roedoras al momento de parir. Se abrió camino con un rastrillo hasta llegar a las ratas, y con facilidad tomó por la cola a las recién nacidas y las guardó en una bolsa de lienzo. Al llegar a su casa las ahogó una por una en un gran frasco lleno de aceite, que luego tapó con fuerza y placer.
Era (quizás) el remedio contra el cáncer, el sida, y el mal de amores. Pero dicen que todas las mañanas llegaban, desde otros pueblos del interior, carros llenos de bebés, niños y ancianos solo para ponerse un par de gotas del remedio de la tía, que curaba los fuertes dolores de oído.
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escribo, luego existo, luego soy
Unknown